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Tiempo. La culpa de que desde hace meses no suba nada nuevo por aquí la tiene el tiempo, el no-tiempo. Mantengo el propósito de aparecer por este rinconcito periódicamente. Eso sí, ya a la vuelta de los carnavales y de su concurso, durante el que no es que no tenga tiempo, es que termino debiendo tiempo. Tiempo en números rojos. Otro tiempo, tiempo disfrutado, fue el que dediqué a la editorial del último número de nuestra currada revista ‘BiCentenario’, revista chiquitita pero matona, formato A5, ni asabanada ni concisa, ni patrocinada. Ha sido un proyecto para estar orgullosos. Es verdad, que como el Bicentenario mismo, se ha quedado a medias, ya que no pudimos sacar la publicación en papel… pero escondemos ese fracaso embadurnándolo de dignidad, y listo. Es lo que está de moda, ¿no? Copio esa editorial aquí, por si preferís leerla en texto plano. Nos vemos a la vuelta, si sobrevivimos.

Creer y crear… crear y creer

¿Se acabó? El Bicentenario de la Constitución de 1812, con su punto de partida en el aperitivo avanzadilla que supuso el ‘San Fernando 2010’ rememorando los dos siglos del inicio de las reuniones de las Cortes gaditanas y una meta ya rebasada tras escurrirse en el calendario 2012 (aunque el Ayuntamiento de Cádiz trata de trasladarla, forzada y artificialmente hasta marzo de este 2013), es ya historia. A su vez, un capítulo de la intrahistoria de la Bahía de Cádiz que nos ha empujado a merodear en la biblioteca, antes de ponernos a reflexionar y a desarrollar esta repensada editorial del último número de la revista ‘BiCentenario’.

Puede resultar extraño que para hablar del año Doce, que hace 365 días pregonábamos y ‘vendíamos’ como “nuestro año”, nos hayamos sumergido (otra vez, siempre es un deleite tras horas y horas entre rutinarias notas de prensa) en uno de los libros de lectura obligatoria en los institutos (queremos pensar que lo sigue siendo y lo seguirá siendo, pese a contrarreformas educativas ideológicas y mercantilistas): ‘San Manuel Bueno, mártir’, novela del maestro Miguel de Unamuno. Sin embargo, a estas alturas, al enjuiciar a este “nuestro” Bicentenario, nos sentimos con esa gran paradoja interior, salvando las distancias claro, que sobrellevaba el mismo párroco de Valverde de Lucerna: un cura que no cree pero quiere creer, y ante su ‘público’ (los feligreses) actúa instalado en la fe deseada. Un verdadero dramón.

Sí, es hora de confesarnos… pedimos perdón (un perdón laico) por haber querido creer (y exhibir sin pudor esa convicción con iniciativas como esta misma publicación) en algo en lo que no creíamos: en que esta conmemoración inconcreta del Diez y del Doce iba a suponer el justo y necesario revulsivo para Cádiz y su Bahía. Nunca nos hemos tragado (ni nosotros calladamente, ni muchos otros derrotistas realistas de forma abierta) la trola que los políticos de turno nos llevan despachando desde hace más de diez años alrededor de la importancia, relevancia y trascendencia de esta efemérides redentora, por lo que rogamos perdón al cuadrado, por seguirles el juego, por hacernos eco de sus adornadas peroratas, por contagiarnos de una vana ilusión.

Por ilusionarnos por un proyecto en el que no creíamos pero sobre el que nos autoimpusimos creer. Como quien se aferra a la otra vida, al más allá, mintiendo no sólo a los demás, sino a uno mismo, para no derrumbarlos/se ante la cruda realidad: el sinsentido del punto y final.

En una comarca muy muerta, metafóricamente, como es la Bahía de Cádiz (pese a sus manifiestas potencialidades), asolada además por catetos localismos, por un insoportable paro estructural y creciente pobreza, sobre el papel (que se amortiguan en la práctica por la economía sumergida, los ‘chapú’ y el sostén familiar), un mínimo halo de vida, de esperanza, es sin duda un motivo razonable como para fingir el creer como el que más. Y predicar esa creencia.

Escribe en el ‘Món groc’ el ultraoptimista Albert Espinosa, situado en las antípodas de Unamuno (o quizá no) que “el creer y el crear están tan sólo a una letra de distancia”. Qué sencillo y qué complejo… Creer (sin creer) en este Bicentenario-señuelo de cartón piedra para crearnos un presente- futuro un poco más decente.

Ese ha sido nuestro pecado…, venial y bienintencionado. En esta piedra hemos tropezado nosotros, DIARIO Bahía de Cádiz, y entendemos que la mayoría de medios gaditanos que aún sobreviven (cuya fe en el Doce creemos ingenuamente que no ha perseguido sólo retornos económico-estratégico- políticos).

“A pesar de todo, ha merecido la pena”, leemos en algunos balances recientes en prensa local con sensaciones encontradas (no somos los únicos), aunque tendiendo a la versión más oficialista, y victoriosa, del Gobierno local del PP: “respaldo ciudadano”, “esfuerzo colectivo”, “hemos demostrado que podemos lograr lo que nos propongamos”, “impacto mediático, hemos sido centro de todas las miradas” (¿800 millones de personas?), “ciudad preparada”, “el Ayuntamiento ha tirado del carro”, “Cádiz ha pasado de ser sólo una referencia histórica a ser una referencia de futuro”…, son latiguillos que se cacarean estos días. ¿Nos lo creemos…?

Insistir en que este “éxito” del Bicentenario se construye sobre la rémora que ha supuesto la inoportuna crisis-estafa económica, a la que se agregan: las colegiales luchas partidistas (y dentro de los mismos partidos) y búsqueda de fotos, medallas y personalismos; la indefinición del proyecto desde el inicio (¿celebrar una Constitución?, qué rollo) y su gestión multiplicada y atomizada (además distribuido en dos años y dos ciudades); un logo-marca incomprendido e incomprensible (y nada de mascota ni himnos, nada de marketing, nada de verdadera promoción que traspasará las fronteras del medio rehabilitado Puente Suazo); el hipócrita interés del Estado (del vigente y del anterior, Cádiz no es ni Madrid, ni Barcelona ni Sevilla…); la bochornosa aportación de las grandes marcas y empresas privadas; solemnes discursos repetitivos, con revisiones interesadas de la Historia y alejados de la realidad; ciudadanos de a pie ajenos a la celebración (que acuden a actos festivos y gratuitos por norma, sin atender su trasfondo), cansados de tanta chaqueta y corbata y ‘croqueteo’, de cualquier gasto improductivo (aunque sea mínimo) en estos tiempos de recortes y tijeretazos; la mayoría de infraestructuras prometidas al calor de la conmemoración e iniciativas prometedoras, a medias u olvidadas en las hemerotecas … es evidenciar que este “éxito” se cimenta sobre la creencia, no sobre lo que el año 2012 ha creado. Creer y crear… crear y creer.

Es verdad, hemos vivido meses muy intensos, con actividades institucionales, académicas, políticas, culturales (aunque sin ningún provecho claro…) de primer nivel (el ejemplo obvio es la Cumbre Iberoamericana, a la que dedicamos el presente número de la revista, en la que España y Portugal han pedido socorro a sus excolonias emergentes; ¡las vueltas que da la vida!), que sin la excusa del Diez y del Doce no habrían recalado nunca por este rincón hoy olvidado (salvo como recurso de ocio y vacaciones), que ha intentado con eso denominado ‘La Pepa 2012’ reivindicar su notable papel jugado en la Historia hace dos siglos, regodearse en el glorioso pasado para ganar otro futuro. Se han dado más o menos pasos, todo es relativo, pero en lo que parece que hay consenso entre triunfalistas y escépticos, es que esos andares han sido “dignos”. Es un consuelo.

Sin embargo en la Bahía (y en medio Estado español) no podemos seguir medio zombis (y apaleados), pese a haber ganado unos puntos de dignidad, esperando que surja la próxima oportunidad, otro pretexto para soñar, que a corto y medio plazo no se otea… ¿el Tricentenario? Una vez que este ‘tren’ del 2010 y 2012 ha pasado de largo (con sus éxitos y frustraciones a bordo), tenemos que salir ya al encuentro del siguiente. Nada de sentarse en el cómodo banco de la estación y a gruñir resignados. Hay que creer en que tenemos futuro (creer creyendo), y ese futuro pide a gritos giros radicales.

Dicen que la Constitución de 1812 supuso el fin del Antiguo Régimen, el momento en el que (teóricamente) se pasó de ser súbdito a ciudadano. Tras más de treinta y cuatro años de la actual Constitución de 1978 (que sería útil y práctica en su contexto postfranquista) se muestra ya oxidada y hay que buscar a personas de más de cincuenta años de edad para encontrar a alguien que la haya refrendado; toca ya, no su reforma puntual, sino inventarnos otra Carta Magna, actualizada y sin el concurso de los políticos que gestaron aquella y que ahora se reparten el ‘poder’ periódicamente, que crea en otra sociedad, que cree otra sociedad. Este anhelo es el verdadero legado que, fallidos los más tangibles, debería dejarnos el empacho de Bicentenario. Amén.

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