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He tratado de digerir, dejando pasar unas horas, un email en el que se me daba a conocer una noticia muy muy triste, intelectualmente hablando: cómo un escritor ‘mata’ al personaje ficticio creado por él mismo como recurso literario, antes de que vea la luz en papel (en soporte tradicional) por “miedo a la democracia”: “mucho más que del franquismo, contra el que luché desde la clandestinidad pero al menos sabías por dónde venían los golpes: de frente y con valentía, no por detrás, aprovechándose el personal de leyes que otorgan privilegios especiales”. Son sus palabras literales (que espero que no le importe que revele) trasladadas a la editorial (que por otro lado, lleva casi dos años sin decidirse a dar el pasito definitivo, no se sabe muy bien el porqué) con copia a mi correo electrónico.

Les confieso mi réplica personal a los asuntos privados, internos y respetables que nos expone: “con sinceridad: me apena mucho tu decisión, ya que en estos tiempos grises que nos están haciendo sufrir y padecer, hacen falta muchas voces como las del Pitufo para despertar las conciencias aborregadas en este mundo, que como bien señalaba uno de los capítulos del libro ‘no nacido’ (en papel), ‘se ha acarajotado (no digo amariconado porque como todo se ha acarajotado no me dejan decirlo)’”.

Me quedo con la satisfacción (también se lo apunto) de que los lectores de DIARIO Bahía de Cádiz tuviéramos el gran honor y privilegio de descubrir por capítulos este pre-libro en soporte digital (que palpando el panorama, pocos se hubieran atrevido a publicar) hace unos años. Una bofetada de realidad cada semana, de verdades que duelen a quienes se van acomodando/acostumbrando a los ‘refrescos light’.

Y me quedo con la esperanza de que algún día, ojalá más pronto que tarde, hagamos algo para acabar con tanto acarajotamiento que nos ha llevado a donde nos ha llevado (por ejemplo, a que un libro no termine de publicarse por dudar de eso que llaman libertad de expresión); y que esos historiadores del futuro a los que aludía este proyecto editorial frustrado, puedan conocer en el futuro (si es que hay futuro) lo que no se contará en los manuales de Historia (si es que se sigue estudiando la Historia, algo tan poco productivo eso de mirar atrás…).

Respeto y asumo la decisión de mi estimado Ramón. Pero quiero pensar que (como le confieso en mi humilde respuesta) “el Pitufo no está muerto, que se va de parranda, un tiempo…”.

Y toda esta parrafada medio-melancólica de velatorio la suelto porque Ramón me confió el prologar el libro (en su edición en papel), a mí. Todo un reto, lo aseguro, introducir (desde mi inexperiencia de prologar nada de nada) un ensayo como este, por la admiración doble, a la obra y a su moldeador. Un prólogo que quiero dejar aquí a modo de particular epitafio, como homenaje al difunto, que sé que no está muerto. Que lo sé…

Cuando nosotros somos yo y yo

Esta confidencia introductoria es bastante inusual, lo sé. Pero este libro también lo es. Casi por norma suele ser el maestro el que prologa con sabios y ponderados epítetos, con más o menos fines comerciales, el trabajo de su alumno. Aquí es al revés. E incluso el recorrido natural –hasta hace poco- de estos textos pasa habitualmente por una única vida en papel; aunque si son dignos de algún escáner, de un internauta ¿pirata? ávido de compartir lo que sea obviando cualquier mínimo derecho de autor, y de google, terminan teniendo otra vida paralela en lo digital. Aquí también es al revés.

En esencia, darle la vuelta a todo sin perífrasis ni pelos en la lengua, agitar conciencias y mentes domesticadas por esta sociedad cada minuto más falsa, mojigata y puritana que sufrimos, es el sino que entresaco de esta obra –completada y refrescada para esta nueva vida- que me honro con toda humildad en pregonar, ahora en formato, digámosle, analógico, tras estrenarse por entregas durante semanas en las páginas virtuales de DIARIO Bahía de Cádiz – www.diariobahiadecadiz.com -, aventura comunicativa que desde verano de 2004 navega por las turbulentas ‘aguas’ gaditanas monopolizadas por un par de corsarios, y que piloto cometiendo muchos errores, seguro, y contados aciertos. Uno de ellos, sin duda, es haber invitado a subirse a esta barca, a sumarse a la nómina de generosos ‘opinadores’, a Ramón Reig: un maestro –más allá de la acepción jerezana, claro-, uno de mis Maestros, con mayúsculas.

Recuerdo mi experiencia/supervivencia vital sevillana allá por el curso 2002/2003, cuando la invasión de Irak, post-año imborrable de lucha contra la LOU –que entre otras cosas, me descubrió tras la humareda la película ‘Hair’-, en la antigua facultad de Comunicación de Gonzalo Bilbao –anclada aún en el siglo anterior-, aquellas primeras clases de Estructura de la Información de un curtido periodista y profesor, Ramón, que se apoyaba en ‘El club de los poetas muertos’ de Peter Weir, con Robin Williams en el papel de educador poco heterodoxo subido a los pupitres, incitando al carpe diem, para ahondar en la figura del herético –al estilo de Darwin o Freud-, elemento contracorriente en una estructura, que inmediatamente reacciona y se defiende contra esa perturbación.

Anotada la apostilla medio nostálgica –“cualquier tiempo pasado/ fue mejor”, observó Jorge Manrique en el siglo XV- sobra decir que el pitufo gruñón, Peter Mancorrow –que es el nombre ¿real? del protagonista de este ensayo- clava este rol de herético, personalidad necesaria hoy día –y ayer, y mañana-, acallada, como es lógico, por esta sociedad mediatizada y mercantilizada a la que le interesa vender y vender, y que nada cambie, y si lo hace, que sea “para que todo siga igual”, en el fondo. Y dentro de esta podrida sociedad, entre sus principales valedores están los grandes y medianos grupos de comunicación, insertos de lleno en este orden socioeconómico. Por ello es más que loable que Absalon, una editorial de Cádiz con vocación nacional, haya aceptado nuestro desafío de revivir al pitufo, pese a sus salidas de tono escandalizadoras en este teatro de pitiminí en que se desenvuelve ya medio mundo careta; haya apostado por resucitarlo en papel. Aunque no estaba muerto, ni de parranda –creo-, esta obra, y sobre todos sus mensajes, se merecían otra vida más pausada en el formato tradicional, llegar al lector que ya conoce la ‘historia’, y al de más allá de la Bahía de Cádiz –que es el público objetivo, en principio, del periódico que la vio parir, poco a poco-.

El mismo Ramón –Ramón, no Peter, o sí…-, tomando la palabra en el epílogo del libro, advierte –cargado de escepticismo- a la editorial que se decidiera a lanzar la obra –la “bilis” del pitufo- más allá del mundo cibernético que “en el fondo no deben preocuparse por las consecuencias… Si observan bien, por la forma en que lo expresa todo, el continente mata al contenido, la gente reaccionará contra él (Peter, el pitufo) de inmediato debido sólo al continente. Y luego al contenido. Ambos supondrán una justificación para que el ciudadano siga como está. Fíjense bien, este libro no es subversivo en realidad, es sólo una muestra de cabezonería y vanidad, como el mismo autor reconoce. Ni siquiera va contra el orden establecido, sólo lo parece”.

Contenido y continente a parte –ese plato fuerte se sirve en cuanto le ponga punto y final a este prólogo-croqueta congelada de entrante-, necesito compartir mi modesta especulación, mía, quizá influenciada por mi etapa filológica, sobre el interior, el esqueleto de este singular ensayo que se deja leer, incluso devorar: la pugna entre los yos, entre uno mismo y uno mismo –entre el yo, y el yo (¿la conciencia?) que siempre va con uno, aunque uno no sepa muy bien adónde va, que nunca te deja por muy solo que estés, que sabe todo lo que tú sabes, aunque lo silencies, aunque ni te lo plantees… sí, usted también habla consigo, no se haga el sorprendido-, diálogo/monólogo interior que me evoca en el acto a Antonio Machado y sus versos “converso con el hombre que siempre va conmigo/ -quien habla solo espera hablar a Dios un día-;/ mi soliloquio es plática con ese buen amigo/ que me enseñó el secreto de la filantropía”.

En ‘El pitufo gruñón’ Peter Mancorrow y Ramón Reig son dos en uno, o uno en dos… la ambigüedad siempre presente. “Hay un idiota que llevo pegado a la cabeza (apunta el primero). Miren, miren cómo firma lo que yo le digo, es el precio que le pago por su oficio de copista aunque a veces –lo digo con franqueza- no sé dónde empiezan sus ideas y acaban las mías, somos como dos cerebros siameses pero, eso sí, el tiene menos cojones que yo, desde luego”. Más adelante, casi como auto-réplica, el segundo deja caer que “la (integridad) psíquica la tengo deshecha si se tiene en cuenta que soy amigo de este individuo. Siento como una forma de atracción fatal y sectaria hacia su persona… a ver si me ayudan a librarme de él, por favor”.

El capítulo del cual tomo esta última cita me trae a la memoria, a la mía, además, otro de los episodios magistrales de la literatura, ahora en prosa: el diálogo/monólogo entre Miguel de Unamuno y Augusto Pérez en ‘Niebla’; conversación delirante y apoteósica entre el autor de esta nivola y el personaje inventado por él mismo, ente de ficción que se rebela contra su creador, haciéndole dudar incluso de su propia existencia:

“—Yo necesito discutir, sin discusión no vivo y sin contradicción, y cuando no hay fuera de mí quien me discuta y contradiga invento dentro de mí quien lo haga. Mis monólogos son diálogos (afirma Unamuno)
—Y acaso los diálogos que usted forje no sean más que monólogos… (responde Augusto)
—Puede ser. Pero te digo y repito que tú no existes fuera de mí…
—Y yo vuelvo a insinuarle a usted la idea de que es usted el que no existe fuera de mí y de los demás personajes a quienes usted cree haber inventado…”.

Ignoro si mi maestro, también Maestro, Ramón Reig, a la hora de cocinar este libro, tuvo en algún momento presente entre los ingredientes esta referencia literaria de otro Maestro, el gran Unamuno. O quizá soy yo –y yo también- el único que, como discreto discípulo de ambos, quiere ver alguna conexión entre dos obras ‘maestras’ –como todo periodista, soy subjetivo…- que –salvando las distancias temporales, de forma y contenido-, requieren una masticada lectura y una introspección, o la indigestión es probable. Como remedio, encienda la tele-Almax y listo, se le pasará en unos minutos.

Hace tiempo –entre redundantes ruedas de prensa y comunicados analfabetos que se basan en el “y tú más…”-, escribí –los periodistas también escribimos a veces, no sólo copiamos y pegamos- que, paradójicamente, “encuentro ratitos de felicidad leyendo textos en los que me topo con cosas que hubiera querido suscribir, textos que me enseñan cómo decir, textos que en cierta manera hacen a uno cuestionarse para qué escribe, si otros lo hace ya muy bien…”. No tengo casi nada más que añadir.

El pasado mes de mayo del año Diez, durante el Congreso Mundial de Periodismo ‘La Pepa 2012’ programado entre San Fernando y Cádiz, pude volver a departir cara a cara en uno de los ‘croqueteos’ dispuestos por la Asociación de la Prensa gaditana para la ocasión con Ramón, tras años de intercambio de correos electrónicos, prácticamente desde que en 2003 me impusiera la beca en el rutinario acto de graduación, con el que zanjé mis dos años de carrera de Periodismo. Para qué más. Entre cervezas sin, cervezas con, y alguna lonchita de jamón, me retó a buscarle salida editorial a ‘El pitufo gruñón’. Sospecho que ahora me odiará a mí también –ya verá, lo odia todo todo-, por meterme en medio de Peter y Ramón, e insistir para que este cuasi tratado nada soporífero esté en la calle. Pasando frío. Con lo calentito que es eso del internet…

Póngase en mi pellejo: cómo se puede sentir un alumno al que su maestro llama ‘jefe’ y encima le propone hacer de –novato- prologuista; un ¿jefe? que no para de aprender de su Maestro como su alumno que sigue y seguirá siendo.

En la Bahía, 17 de octubre de 2010

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