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Hace unas noches me topé en la tele con ‘La historia interminable’, la película de los 80 basada en la novela de Michael Ende, impregnada de metaliteratura, como a mí me gusta, y ahí me quedé hasta las tantas con cierto ánimo nostálgico (de esa inocente niñez que nunca volverá). Pero a medida que avanzaba la cinta (de la que me acordaba vagamente) empecé a interpretar que lo que se nos cuenta tiene bastante que ver con el mohíno panorama que se nos dibuja cada día en los medios centralistas que se ven con el derecho de imponer la actualidad. En una de las escenas finales una especie de felino negro negro con muy malas intenciones le confiesa al heróico coprotagonista, cuando la ‘nada’ está a punto de engullir lo que queda del reino de ‘fantasía’: “las personas que no tienen ninguna esperanza son fáciles de dominar, y quien tiene el dominio, tiene el poder”.

Es la estrategia de siempre, también de hoy día, de los dos o tres de arriba: tenernos desde la mañana hasta la noche acongojados hablando de que todo está ‘mu malamente’ o peor (por supuesto, la culpa y/o responsabilidad no es de ellos; en todo caso, es nuestra) para que bajemos la cabeza y nos resignemos con las migajas, cada vez con menos, que parecerán más… para que desesperanzados se nos quiten las ganas hasta de vivir. Y si alguno osa a rebelarse, ya recibirá los palos represores de la policía (pagada por nosotros para defenderles a ellos y a este sistema podrido) para que se le quite esas ansias de pensar por si mismo, de fantasear con otro mundo imposible.

Eso es: nada. Al poder (los vergonzosos políticos-títeres profesionales no lo tienen, simplemente cumplen órdenes de más arriba) le interesa sumirnos en la nada más absoluta. Y absolutista. Bajo el barniz de una idealizada democracia fraudulenta. Mientras los de abajo estemos en la nada, con nada, los de arriba seguirán especulando con nuestras vidas (que no lo son) borrachos de todo. Una cruda historia interminable…

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